Lecciones de una ciclovía

| Por Juan José Doñán |http://okupo.mx/

Desde hace 16 años, cuando fracasó el primer intento de ciclovía que hubo en Guadalajara, no se había vuelto a discutir tanto como ahora sobre la pertinencia de este tipo de obras viales. Y ello a raíz del corredor ciclista que se habilitó en el otrora Boulevard a Tlaquepaque, con la manifiesta oposición de buena parte de los vecinos de la zona, oposición que, entre otras cosas, derivó a toro pasado en una consulta pública organizada por el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana, Y aun cuando su resultado no era legalmente vinculante, dicha consulta se realizó el pasado domingo 9 de julio, con un apabullante apoyo a la preservación de la ciclovía en la avenida del oriente de Guadalajara, la cual fue rebautizada hace más de dos décadas con el nombre de Marcelino García Barragán.

La diferencia con la fallida ciclovía del pasado es que la de ahora no se va a destruir como sí ocurrió con la que había mandado construir, por la avenida de la Paz, la administración municipal de Fernando Garza Martínez. A los pocos días de haber sido inaugurada, esa ciclovía fue demolida por la intervención de un grupo de influyentes opositores a la obra, entre ellos el actual senador priísta Arturo Zamora, quien gestionó un fallo judicial adverso, el cual acabó poniendo fin ese primer intento de ciclovía en la Zona Metropolitana de Guadalajara.

Y aun cuando en esta ocasión el resultado fue completamente distinto y con él se ha creado un precedente favorable para el futuro de este tipo de obras –que buena falta le hacen en nuestra ciudad– una parte considerable de la sociedad tapatía sigue siendo escéptica u oponiéndose (por buenas y malas razones) a este tipo de obras.

Entre esas buenas razones que, desde la sociedad, cuestionan algunas de las ciclovías habilitadas hasta ahora, está el hecho de que las autoridades estatales y de los municipios metropolitanos han construido esa infraestructura (en pro de los ciclistas) sin tomar la opinión de quienes viven, trabajan o estudian por donde pasan esos corredores concebidos para el biciclo. Es decir, para muchos vecinos de esas zonas varias de las ciclovías son, en esencia, una imposición de una autoridad arrogante que olímpicamente los ningunea.

Otra queja, que debiera ser atendible, es que más de una de esas obras o de plano están mal construidas, o fueron hechas sin considerar la dinámica urbana de las distintas colonias y demarcaciones urbanas por las que atraviesan.

Sobraría decir que funcionarios estatales y municipales no han procedido de manera correcta al desdeñar la opinión de los vecinos de las ciclovías, por considerar equivocadamente que hacer consultas de este tipo (la palabrita de moda es “socializar”) equivaldría tanto como alertar a los vecinos y tenerlos como opositores tempranos de ese tipo de infraestructura.

Y mal que les pese a nuestras autoridades, las anteriores son quejas razonadas de los escépticos de las ciclovías. Pero en lo que definitivamente no tienen razón ni los colonos ni los vecinos de las zonas por donde pasan estas obras viales, concebidas para los ciclistas, es en creer que pueden tener alguna posesión legítima sobre el área inmediata a su domicilio de aceras y calles.

Como ya ha sido consignado aquí en otras ocasiones, el espacio público (banquetas, calles, avenidas, plazas, jardines y plazoletas) es de todos en general y de nadie en particular, y que corresponde a la autoridad poner las reglas para el uso racional y civilizado de dicho espacio público, aunque no por ello tengan que ponerse reglas a partir del humor o el capricho de equis funcionario o funcionarios. La naturaleza de las mismas debe surgir de un proyecto bien razonado, que compagine de manera inteligente los estudios urbanos con las observaciones sensatas surgidas desde la sociedad, particularmente de quienes habitan, trabajan o transitan por las distintas demarcaciones de la ciudad elegidas para las ciclovías.

Estas son algunas de las lecciones que se desprenden de las recientes experiencias que se han tenido con las ciclovías, las cuales deben irse constituyendo en una red interconectada y no, como hasta ahora, en corredores aislados, que poco estimulan el uso eficiente, extensivo y cotidiano de la bicicleta; algo que, por lo demás, es indispensable, sobre todo cuando se aspira a tener una mejor ciudad: con condiciones seguras para quienes optan por una movilidad no motorizada, por una atmósfera menos contaminada, por una población más sana, particularmente entre las nuevas generaciones, tan amenazadas por males modernos como sedentarismo y la obesidad.

 

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