EL CRIMEN DEL PADRE GABRIEL

El padre Gabriel Espinoza ha logrado frenar la construcción de la Presa El Zapotillo
(FOTO: LUIS CORTÉS Y CORTESÍA SACERDOTE GABRIEL ESPINOZA )
THELMA GÓMEZ DURÁN/http://www.domingoeluniversal.mx/historias/detalle/El+crimen+del+padre+Gabriel-4815
TEMACAPULÍN, JALISCO 

Esta es la historia de un sacerdote que nació en tierras cristeras en el siglo XXI. La del predicador que se entregó a una lucha para evitar que inundaran a su pueblo. Hoy su revolución va más allá: es por la defensa del agua, pero también por las comunidades rurales

Domingo, día de misa. En Temacapulín o Temaca, también es día de fiesta. Hoy se inaugura la biblioteca del pueblo. En estas tierras de los Altos de Jalisco toda celebración empieza en la iglesia. Es poco más del medio día y en la parroquia, sentado en una banca está el sacerdote Gabriel Espinoza Íñiguez. Es uno más de los feligreses. No viste sotana ni casulla (también una vestimenta litúrgica). Hace algunos meses, se lo prohibieron. Y hace unos días, él tomó la decisión de guardar los atavíos religiosos, tomar su sombrero y entregarse a lo que bautizó como “la revolución del agua”.

En esta parroquia con más de 250 años de historia, donde él fue bautizado y en donde varias veces celebró la eucaristía, el padre Gabriel —como se le conoce en Temacapulín— ahora escucha al sacerdote Juan de Dios Montaño dedicar su sermón a la obediencia. Cuando es el momento de la plegaria, los feligreses hacen sus peticiones:
—Por los habitantes de Temaca.
—Por los hijos ausentes (como aquí se llama a los migrantes).
—Por todos los sacerdotes.
—Para que superemos todos los problemas y se salven Temacapulín, Acasico y Palmarejo —dice Gabriel Espinoza, de 47 años.
Quienes lo oyen saben que su frase resume la lucha que ha dado en los últimos 10 años: evitar que esos tres pueblos queden bajo el agua por culpa de la Presa El Zapotillo.

La transformación
La construcción de la Presa El Zapotillo se anunció en 2005. Es una obra impulsada por la Comisión Nacional del Agua (Conagua), con el apoyo de los gobiernos de Jalisco y Guanajuato. Ese año se dijo que la presa tendría una cortina de 80 metros, que se construiría en tierras de Jalisco y llevaría agua del Río Verde a León, Guanajuato.

Los planes cambiaron en 2008. Emilio González Márquez, entonces gobernador de Jalisco, anunció que la cortina mediría 105 metros. Con esta altura, el embalse ocuparía poco más de 4 mil 800 hectáreas, por lo que se inundarían tres comunidades: Temacapulín, Acasico y Palmarejo.
Los habitantes de los tres pueblos se enteraron por los pediódicos de los planes que tenían para ellos: los reubicarían, porque sus casas quedarían bajo el agua. Antes de anunciar el proyecto, ninguna autoridad les informó. Nadie los consultó. Cuando el fantasma de la presa se posó sobre Temacapulín, Gabriel Espinoza era el sacerdote de la parroquia de Santa Magdalena, en Zapopan. Quien lo alentó a unirse al movimiento en contra de la presa fue su madre, Librada Íñiguez.

El padre Gabriel estuvo al frente de las marchas en Guadalajara y enfrentó a funcionarios federales, estatales y municipales. Organizó protestas singulares: rezar sin parar durante varias horas frente a las oficinas del gobierno estatal o acampar justo donde se construía la cortina de la presa.
En 2012 escuchó el sonido de las balas al romper el aire. Junto con el abogado Guadalupe Espinoza, el sacerdote fue recibido a tiros cuando se acercaba al sitio donde se construyeron las 32 casas, donde se pretendía reubicar a los habitantes de Temacapulín.

Uno de sus triunfos llegó el 3 de julio de 2014. Ese día se suspendió la construcción de la presa, gracias a varias resoluciones judiciales. Una de ellas fue de la Suprema Corte de Justicia (SCJ) que determinó que la presa no podía construirse a 105 metros; tendría que ser de 80 metros. La suspensión llegó cuando la cortina tenía 79.70 metros. “Si la presa se queda en 80 metros, se salva Temacapulín. Acasico y Palmarejo, no”, asegura el abogado Guadalupe Espinoza.
Pregunto a la gente de Temacapulín cómo han logrado sostener su resistencia contra la presa durante 10 años.
—El mero mero fregón ha sido el padre Gabriel —dice Isaura Gómez, de 78 años.
—Las claves de nuestra lucha son los abogados y las organizaciones que nos han acompañado y, sobre todo, el padre Gabriel. Él se ha lanzado con todo a defender a su pueblo —explica Abigail Agredano, presidenta del Comité Salvemos Temaca.
—Si el padre Gabriel no estuviera con nosotros, quién sabe qué hubiera pasado. —menciona María Alcaraz.
El domingo por la noche, cuando la celebración por la apertura de la biblioteca termina, el padre Gabriel recuerda qué lo llevo a entrar al movimiento: “Nos dijeron que alguien tiene que sacrificarse para que otros tengan agua. Eso es una injusticia, un despojo.”
El sacerdote usa términos que es más común escuchar en defensores de derechos humanos que en curas: No se respetó el derecho a la consulta —dice—, tampoco los derechos comunales, el derecho al agua ni al medio ambiente sano. Todos estos derechos fueron los que reclamaron los pobladores en los amparos que presentaron. Los abogados que asesoran a la comunidad —entre ellos Guadalupe Espinoza y Claudia Gómez— también invocaron el derecho a la planificación democrática del desarrollo, un derecho que pocas veces se pone en práctica en México.

El padre  Gabriel estudió en el Seminario de Guadalajara y usó la sotana  20 años.

Roberto Hernández, presidente del Club “Temaca”. Hijos ausentes de Los Ángeles, Cal.

Al padre Gabriel le gusta cantar y  escribir canciones.

Cortina de la presa El Zapotillo a 79.70 metros.

El día en que se detuvo la construcción de la presa, el padre Gabriel ideó una nueva frase para la lucha. Quien llega a este pueblo puede leerla pintada en una de sus bardas: Temacapulín, pueblo exitoso en la resistencia.

“La lucha de Temacapulín —confiesa el sacerdote sin sotana—marcó en mí un antes y un después”.

El antes
Librada Íñiguez nació en Temacapulín. Se casó con Cesáreo Espinoza, quien también creció en estas tierras. La pareja migró. Primero llegaron a Córdoba, Veracruz. Después se fueron a Cosolapa, Oaxaca. En esos lugares vivieron de hacer paletas y nieves, como muchos de sus paisanos que migraron a Monterrey, a Guadalajara y a otras ciudades. En estos pueblos de los Altos de Jalisco ser paletero es un oficio arraigado.
En Cosolapa, Oaxaca, el 30 de agosto de 1968 —año de revoluciones juveniles y de represión estatal—, nació el primero de los hijos de Librada y Cesáreo: Gabriel. En octubre, la familia regresó a Temacapulín. Ahí fue registrado y bautizado Gabriel. Después, otra vez a migrar. Se instalaron en Zapopan, aunque a la menor provocación regresaban al pueblo.
Librada y Cesáreo cultivaron en sus familia la profunda fe católica que a ellos también les heredaron sus padres que vivieron la Guerra Cristera (1926-1929), movimiento armado en el que católicos —laicos y sacerdotes— se enfrentaron al gobierno de Plutarco Elías Calles, por sus acciones para limitar la autonomía de la Iglesia Católica.

La inauguración  de la biblioteca local.

Dos de los tres hijos varones de Librada y Cesáreo se ordenaron como sacerdotes diocesanos: Gabriel y Catarino. A los 12 años, Gabriel entró a estudiar al Seminario de Guadalajara, por años destacado como el centro de formación sacerdotal con más alumnos a nivel mundial. El 4 de junio de 1995 se ordenó como sacerdote. Ese día, Librada organizó una fiesta con música de mariachi.
La historia de Gabriel como sacerdote comenzó en Moyahua, Zacatecas. Una tierra que, como Temacapulín, también sabe lo que es la migración. Después, lo enviaron a la sierra de Nayarit, donde encontró comunidades sin energía eléctrica y miró cómo desaparecían pueblos, como consecuencia de la migración.
En 2007, lo nombraron párroco de la Iglesia de la Santa Magdalena, en Zapopan. Si en Nayarit bautizaba cinco niños al año, en Zapopan bautizaba 15 en un día. Encontró familias que habían dejado sus pueblos para tener una vida mejor en la ciudad. Pero no todos lo habían logrado. En algunas colonias no había servicios básicos como hospitales.
—Aquí todo marcha despacio. Tenga paciencia —le dijeron las autoridades que buscó para pedirles que construyeran un hospital.
—Yo puedo celebrar misa en la calle, pero una mujer no puede parir en la calle —les contestaba.
En Nayarit buscó que se llevara la electricidad. En Zapopan insistió para que se construyera un hospital. Eso, dice, es trabajo social y para él es una obligación de todo sacerdote. “Lo más lógico es que todos los sacerdotes hagamos trabajo social. Si lo extraño es lo contrario, entonces algo está fallando”, afirma mientras conversa, sentado en una de las bancas de la plaza de Temacapulín e interrumpe para recibir al Mariachi Juvenil de Santa Magdalena, que este domingo llegó a Temacapulín para celebrar con su música la inauguración de la biblioteca.
El mariachi es una de las tres agrupaciones que el padre Gabriel formó cuando estaba al frente de esa parroquia en Zapopan, la iglesia en donde vistió su sotana por última vez.
El director del mariachi, José Antonio Martínez, estuvo presente en esa última misa: “Se despidió de la comunidad y mucha gente se puso triste. Nos duele que ya no pueda oficiar misas, pero da gusto que siga en su lucha, defendiendo aquello de lo que está convencido”.

“No soy víctima ni héroe. No tengo qué reclamar a nadie, la decisión (dejar el ministerio sacerdotal) yo la estoy tomando… Ha sido un proceso largo, difícil. Mi promesa sacerdotal es para toda la vida, pero la injusticia me cambió la historia, me volvió rebelde”
Gabriel Espinoza Íñiguez, sacerdote de Temacapulín.

El después

El padre Gabriel no canta mal las rancheras. Aprovecha cualquier oportunidad para tomar su guitarra. Es entonado. También un poco enojón e impulsivo, me dicen quienes lo conocen.

Este domingo de enero se le mira feliz. Ya inauguró la biblioteca —proyecto que planeó durante un año, junto con maestros de Guadalajara— y ahora celebra cantando Jacinto Cenobio, El Rey o Temaca es mi vida.

“La lucha de Temacapulín ha sido muy celebrativa”, me dice más tarde. La mejor prueba es que el movimiento contra la presa tiene su propia banda sonora: en los 10 años de lucha se han grabado tres discos, en donde el padre Gabriel es uno de los cantantes y compositores. Muchas de las canciones “de resistencia” se escribieron después de 2008, año en que se anunció que la presa sería de 105 metros. Fue a partir de ese año que comenzó a escuchar frases como: “No es propio de un sacerdote estar en una manifestación”. “No te toca estar en esas cosas”.

Temacapulín visto desde el panteón del pueblo.

En 2015, sus superiores le prohibieron oficiar misas. Para entonces ya vivía casi de tiempo completo en Temacapulín. Cuando le pregunto sobre la prohibición, el sacerdote evade el tema.
Al insistirle, me dice: “No soy víctima ni héroe. No tengo nada que reclamar a nadie, la decisión (dejar el ministerio sacerdotal) yo la estoy tomando… Ha sido un proceso largo, difícil. Sé que mi promesa sacerdotal es para toda la vida, pero la injusticia me cambió la historia, me volvió rebelde”.
A principios de enero de 2015, el padre Gabriel publicó en el boletín que desde hace ocho años se publica en Temacapulín un texto en donde explica su decisión:

Solicitaré a la Santa Sede que me dispense del ministerio sacerdotal ordenado, para trabajar por el Reino de Dios en tareas encaminadas al desarrollo social y en defensa de los derechos humanos… Algunos señalan que al dejar el ministerio sacerdotal ordenado estoy dejando lo más por lo menos. Sí, esa es mi intención: desde lo menos, lo mero terrenal, levantar estructuras que manifiesten que somos hijos de Dios, hermanas y hermanos, unidos construyendo vida, justicia y paz.

Durante la inauguración de la biblioteca, el padre Gabriel recita la poesía “La Flor y la Nube”, escrita por José Rosas Moreno. En ella se cuenta la historia de una nube que se niega a darle una gota de rocío a una flor moribunda. La nube se aleja y en su camino se arrepiente. Cuando regresa, la flor está muerta.

Esta poesía resume la filosofía de vida del sacerdote: “Hay que estar con la gente, cuando lo necesita. No podemos vivir como una iglesia de condolencias, lamentándonos porque ya ocurrieron las tragedias”.

—¿Cuántos sacerdotes han hecho cosas que no deben hacer y siguen oficiando misas? Si a él no lo dejan dar misa, es cuento de ellos. Para nosotros, él seguirá siendo el padre Gabriel —dice Isaura Gómez.
A quien más ha dolido que Gabriel Espinoza deje el ministerio sacerdotal es a Librada Íñiguez, su madre.

La revolución
Es lunes, el padre Gabriel camina por las calles de Temacapulín. Lo siguen sus tres perros: Choco, Centella y Alteza. Se prepara para ir al campo en busca de una vaca que se salió del corral. Más tarde irá a darle de comer a los conejos, cabras, borregos, gallinas, patos y guajolotes que cría junto a la iglesia.

La granja —conocida en el pueblo como el “Patio de la Cultura”— es uno de los proyectos que el padre Gabriel impulsa para reactivar la economía de Temacapulín.
Entre otros de sus proyectos están: vender tortillas hechas a mano —en Temaca no hay tortillería—; abrir una panadería —“ya tenemos el horno, pero nos faltan los panaderos”—, e impulsar la carpintería y el trabajo de la cantera, oficios que antes se desempeñaban en el pueblo, pero a los que también se llevó la migración.

Mientras le da de comer a los conejos, el padre Gabriel explica que la revolución que ahora impulsa tiene como columna vertebral el derecho humano al agua. Por eso la llama la “Revolución del Agua”.
Los objetivos de son: lograr una gestión integral del líquido, evitar su desperdicio, sanear los ríos y lagos, tecnificar los sistemas de riego y, sobre todo, luchar contra la privatización de este recurso natural.

“Nuestra revolución no es ir y tirar balazos ni pelearnos con nadie. No nos oponemos a que le den agua a la gente, sino a la forma en que el gobierno lo hace. Los megaproyectos, como las presas, además de generar conflictos sociales y ambientales son muy costosos”. La Presa El Zapotillo, por ejemplo, ha costado más de 10 mil millones de pesos.

Cuando habla de su revolución, el sacerdote Gabriel suspende lo que hace, para concentrarse en cada palabra: “Estamos en contra de que se quite el agua a unos, para llevársela a otros. De que se utilice el agua para mantener campos de golf, mientras otros no tienen agua ni para beber”.
Su “Revolución del Agua”, dice, es un trabajo para toda la vida. Es parte de un proceso. Como parte de ese proceso, el sacerdote también impulsa la campaña “Volvamos a la raíz”, un concepto que surge de esta idea: “En lugar de llevar el agua a las grandes ciudades, porque no propiciar que la gente de las grandes ciudades regrese a sus pueblos. Es una campaña para recuperar la armonía entre el campo y la ciudad”.

Los acciones de esta campaña son, entre otras, frenar la migración del campo, promover el desarrollo sustentable de las zonas rurales e incentivar el regreso de los migrantes a sus tierras de origen.
A este proyecto, incluso ya le escribió una canción: “Las ciudades van creciendo, sin orden y sin medida. / En cambio, los campesinos, desaparecen sin vida. /Ha llegado el momento de volver a la raíz, /no podemos esperar a que se acaben al país”.

Cuando viajo por la carretera León-Querétaro recuerdo las palabras del padre Gabriel al mirar las cientos de casas nuevas, idénticas y alineadas como en una maqueta. Ahí antes había campos de cultivo. Ahora sólo hay cemento.

“Si no hay agua en un lugar, ¿por qué construyen fraccionamientos? —me dijo el padre Gabriel en Temacapulín—. No hagamos que las ciudades crezcan artificialmente, sólo por negocio de las constructoras”.

La resistencia
En la cima del Cerro de la Cruz está la frase que recibe a quienes llegan a este pueblo donde aún sobreviven casas con puertas de madera de mezquite y herrajes centenarios: “Desde el Siglo VI, Temacapulín te saluda”. Los habitantes del pueblo aseguran que desde esos tiempos, se establecieron comunidades en estas tierras. Y como prueba exhiben en su museo comunitario las puntas de flecha de obsidiana encontradas en los campos.

Iglesia de “Temaca”, teminada en 1759.

Casa centenaria del pueblo.

Si se sube a ese cerro se mira la iglesia, la plaza principal, sus árboles y jardines rodeando al kiosco de cantera que se construyó con el dinero que enviaron los migrantes.
A finales de diciembre y principios de enero, esa plaza y jardín recibe a los “hijos ausentes” (migrantes) que llegan de Monterrey, Guadalajara, Los Ángeles, Oklahoma o San Francisco. Uno de ellos es Roberto Hernández, presidente del Club Temaca de Los Ángeles, California. En el brazo derecho tiene tatuado Temaca. El hombre que parece texano cuenta que hace 35 años se fue del pueblo. Se estableció en Los Ángeles, donde trabaja como técnico en telefonía.

A Temacapulín regresa, por lo menos, tres veces al año, para visitar a su padre y hermanos. Hace un tiempo que aumentó su deseo por quedarse a vivir en su tierra para disfrutar de las aguas termales que le han dado fama a Temacapulín. Dice que ese es su plan: regresar. “A mí, la presa me tiene sin pendiente. No van a poder acabar con este pueblo, su historia y su agua”, dice, “nosotros, desde allá, apoyamos la lucha”.

Frente al kiosco está “la oficina”, como le llama el padre Gabriel al espacio en donde vende paletas, nieves, rompope y tortillas hechas a mano; en el lugar también están los carteles contra la presa y un póster que anuncia el próximo encuentro del Movimiento Rural de Acción Católica, organización donde participan laicos y sacerdotes interesados en que las familias campesinas tengan vida digna. La campaña “Volver a la raíz” del padre Gabriel nació como parte de ese movimiento, al cual él pertenece desde hace cuatro años.
Él quiere predicar con el ejemplo. Por eso regresó a Temacapulín. Por eso tiene la granja y cultiva chile de árbol, cacahuate y maíz, lo que siempre se ha sembrado en estas tierras.
El sacerdote, que tiene como santo predilecto a San Isidro Labrador, espera que sus ideales encuentren tierra fértil en Temacapulín y los pueblos de alrededor. Quiere que ahí comience a florecer su revolución.

Y mientras siembra sus ideas, continúa en la resistencia para evitar que Temacapulín desaparezca por la presa o por la migración.

Menos de 500 personas viven en Temacapulín. En los últimos 10 años han nacido 60 niños; de ellos, sólo 27 continúan en la comunidad, los demás migraron con sus padres. Durante el mismo tiempo han fallecido 37 personas. “Tenemos un déficit de una persona por año”, cuenta el padre Gabriel.

El movimiento contra la presa no ha terminado en Temacapulín. Todos los lunes hay una asamblea en la que se informa sobre el avance en la estrategia legal y las actividades comunitarias. Porque aunque las obras de la presa están detenidas, el fantasma de la inundación aún no se ha ido.

La comunidad de Acasico, por ejemplo, ya está casi abandonada. La mayoría de la gente vendió sus tierras a Conagua. Sólo hay una familia en resistencia. Algunos habitantes de Palmarejo se mudaron a Temacapulín; otros ya vendieron. Y muy pocos siguen apoyando el movimiento.

La Suprema Corte de Justicia tiene pendiente resolver otros dos amparos en contra de la presa. Además, existen cerca de 30 recursos de revisión presentados por las empresas constructoras y dependencias federales y estatales.

“Es todo el aparato del Estado contra una comunidad muy pequeña. Ha sido la lucha de David contra Goliat”, dice el abogado Guadalupe Espinoza.“Si Temaca no desapareció en más de mil años, no va a desaparecer ahora. Esto de la presa el Zapotillo ha servido para que Temaca despierte, se revitalice y sea un testimonio para que otros pueblos luchen por su derecho a sobrevivir”, subraya el padre Gabriel.

En el directorio de la Arquidiócesis de Guadalajara, ya no es posible encontrar el nombre de Gabriel Espinoza Íñiguez en la lista de sacerdotes. El que sí está es el de su hermano Catalino Espinoza Íñiguez; él realiza su labor en la pastoral de Promoción Vocacional, área dedicada a encausar a niños y adolescentes para que estudien en el Seminario de Guadalajara, para que se formen como sacerdotes.
Quizá algunos de ellos terminen haciendo sus propias revoluciones.

 

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