Para no olvidar: el día que Guadalajara explotó

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Texto: Jorge Gómez Naredo

Foto: José Hernández-Claire

De repente, la ciudad estalló. Se volvió desastre. Catástrofe. Cuerpos enterrados, lágrimas y zozobra. Desesperación, caos e impotencia. Un olor a muerte y a sangre. Tierra encima de autos, camiones, de gente.

Sí, la ciudad, de repente, estalló.

Guadalajara, Jalisco: miércoles 22 de abril de 1992. Día de luto. Día de sufrimiento. Tragedia.

I

El recién creado periódico Siglo 21 publicó, el mismo miércoles 22 de abril, una edición especial vespertina sobre lo sucedido en Guadalajara. El título de la portada, con letras enormes, indicaba: “¡Explotó!”.

Describía con tono escueto el editor del diario en la misma portada: “Más de doce kilómetros del sector Reforma de la ciudad se convirtieron en zona de desastre y de tragedia para miles de tapatíos que sufrieron las consecuencias de una macroexplosión”.

II

Él, niño de once años. Se levanta de su cama. Está de vacaciones. Su mamá le ha preparado el desayuno. Es lindo no ir a la escuela. Es lindo pensar que pronto habrá tiempo para salir con los vecinos a jugar con la pelota. La ciudad aún no se ha vuelto prepotente ni asesina y es posible salir a la calle, poner cuatro ladrillos y hacer malabares con un balón.

Él, niño de once años, desayuna tranquilamente. Huevos estrellados con una quesadilla. Su mamá sonríe al verlo comer. Él le dice gracias. Ambos están contentos.

Son las diez con nueve minutos. Él, niño de once años, va hacia la puerta de su casa. Quiere ver si alguien ya está jugando en la calle. Si los vecinos salieron. Y de repente, el piso se mueve. Escucha un ruido que lo aturde. Es como un temblor, pero acompañado de ese sonido que es muy robusto, que asusta.

Algo está pasando. Él, que estaba a punto de abrir la puerta, regresa corriendo y grita “mamá, mamá, mamá”. La mamá ha escuchado también el sonido. Ha sentido en sus pies cómo el piso se movía. Pero ella trata de ser la calma en la casa.

 

  • Vamos, hay que salir –lo dice la mamá con quietud hipócrita, aguantándose con las manos cerradas los nervios que la aquejan, el miedo que la llenan de arriba abajo.
  • Sí, sí, vamos mamá.

 

En la calle, todo tranquilo. En la calle, el sol fuerte en el cielo y el poco viento. En la calle, nada. Las casas están donde estaban hace unos minutos. Los autos estacionados. Y un silencio enérgico. Un silencio sospechoso. Un silencio que presagia sufrimiento.

I

Al principio se especuló: explotó porque una aceitera, llamada La Central, derramó gas hexano y entonces de repente todo fue tragedia. Así lo afirmaba Gualberto Limón, en ese entonces, director del Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA).

Las calles de una Guadalajara, que parecían como recién bombardeada por aviones letales, atrajo pronto la atención de las autoridades nacionales. Carlos Salinas de Gortari, presidente en ese entonces del país, se trasladó a la zona siniestrada. Recorrió la zona. Dijo que acudía solamente a “oír” a los damnificados.

El gobernador de Jalisco, Guillermo Cosío Vidaurri, no sabía a ciencia cierta qué hacer. Dijo primero que todo bajo control, que calma, que no tanto problema, y después se contradijo y admitió que casi nada estaba bajo control. Lo cierto es que, antes de pasar 24 horas de la tragedia, según testimonios de testigos, varios trascabos (esas máquinas enormes que parecen monstruos) comenzaron a levantar los escombros. Si alguien estaba abajo, enterrado pero vivo, esperando a ser rescatado, esas máquinas fueron asesinas.

II

Él, niño de once años, mira hacia todas partes: nadie ha salido de sus casas. Algo le dice que el juego con la pelota no va a ser posible ese miércoles 22 de abril.

Poco a poco, los vecinos van abandonado sus casas. Todos llevan un rostro como de preocupación: “¿Y qué fue eso?”, “sabe, pero se escuchó feo”, “¿y por dónde fue exactamente?”, “ni idea”, “¿y ahora qué va a pasar?”, “¿fue un transformador de luz?”, “no, no, claro que no, un transformador de luz no suena tan fuerte”, “¿habrá sido un temblor y algo estalló?”, “puede ser”, “¿ya habrá pasado todo?”

Él comienza a sentir algo de nervios. ¿Qué habrá pasado? ¿Algo feo? ¿Qué está sucediendo? ¿Aviones bombardearon la ciudad? ¿Se cayó un edificio? ¿Tembló tan fuerte que muchas cosas estallaron? Sus pies todavía sienten ese temblor de hace unos minutos y no olvida ese sonido como de trueno de tromba.

I

El martes 21 de abril de 1992, vecinos del sector Reforma se habían puesto intranquilos. Olía a gasolina. Y olía fuerte. Llamaron a los bomberos. Y los bomberos fueron. Llamaron al SIAPA, y los del SIAPA fueron. Estuvieron revisando alcantarillas. Iban de un lado a otro. Pero nadie les dijo a los vecinos: “váyanse, esto va a explotar”. Nadie.

Una señora, el mismo 22 de abril, ya cuando las explosiones habían sucedido, contó desesperada a René Valencia, reportero de Siglo 21: “Desde ayer olía mucho a gasolina. Sí vinieron los del SIAPA a revisar las alcantarillas, incluso todavía en la madrugada, pero no nos advirtieron nada. Yo le dije anoche a mis hijas que había que rezar un rosario, no vaya a ser que no amanezcamos. Era de que nos hubiera avisado”.

¿Por qué no avisaron? La tragedia, al menos la tragedia humana, los muertos, los heridos, las lágrimas de los familiares de gente desparecida en los escombros, se hubiera podido evitar. Pero no dijeron nada. No evacuaron. ¿Será que los funcionarios públicos de ese entonces pensaron que evacuar era un símbolo de debilidad política, o será que eran unos irresponsables?

II

El ruido de una sirena es inconfundible. Él, niño de once años, comienza a escuchar primero una sirena, después dos, después muchas. Algo ha pasado. Su mamá trata de estar tranquila. “No pasa nada hijo, no te preocupes. Estamos bien”. Los vecinos no quieren entrar de nuevo a sus casas. Algunos piensan que es un temblor y que quizá pronto habrá una réplica. La calle está ahora llena de gente. Y nadie sabe qué pasa. Solamente esas sirenas que pasan y pasan y siguen pasando les indican que algo malo ha sucedido. Algo muy malo.

I

Según cifras oficiales, hubo poco más de 200 personas fallecidas por las explosiones, alrededor de 1800 heridos, y un número no muy claro de desaparecidos que jamás fueron encontrados. Después de las explosiones hubo enojo. De los funcionarios públicos de ese entonces, muchos renunciaron, se fueron, como si estuvieran huyendo. No hubo castigos. No hubo, en realidad, culpables.

El por qué explotó parte de la ciudad de Guadalajara ese miércoles 22 de abril no ha quedado claro. Hay una explicación oficial, muy poco creíble. Sin embargo, hay algo contundente, irrefutable: la tragedia humana, la gente desaparecida, los muertos, los heridos, eso sí pudo haberse evitado. Las entonces autoridades no hicieron nada. No evacuaron a pesar del gran peligro que significaba ese fuerte olor a gasolina.

II

Hoy, ese niño de once años, tiene ya 35. Recuerda que su mamá, ese 22 de abril, se preocupó mucho porque no sabía dónde estaban unas amigas. Los teléfonos no servían. Unos vecinos llegaron y dijeron que parte de Guadalajara había explotado. Se fueron a ayudar. Se fueron a rescatar. Él estaba muy chico para ir con ellos. Su mamá no le dio permiso.

Él, niño en 1992, y hoy adulto, guarda su recuerdo del 22 de abril: el fuerte sonido como trueno, el temblor, el no salir a jugar la pelota, los vecinos preocupados, las sirenas. Las noticias. Gente llorando. Preocupación.

Quienes vivieron el 22 de abril, guarda cada uno sus recuerdos de la tragedia. Y ojalá que quienes no lo vivieron, quienes nacieron después, lo tengan presente. Porque las explosiones de 1992 son parte de la historia de los tapatíos. Una historia que ese día fue tragedia.

 

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