Cuando las pesadillas de la esperanza se llaman Los Silos

El fenómeno de fraccionamientos masivos en el valle de La Misericordia, o Toluquilla, es el más amplio y descontrolado de los 475 años de historia de Guadalajara

Agustín del Castillo / Guadalajara. MILENIO JALISCO

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En este extremo oriental de una ciudad que parece no tener fin, los edificios abandonados y las columnas de humo de los incendios de dos días, que siempre son empujadas por los vientos dominantes desde el norte y el poniente de Guadalajara, enrarecen la atmósfera hasta tapar al sol y desdibujar los cerros enclavados al final del valle.

El antiguo dios dador de la luz es hoy ensombrecido por gases malsanos y partículas de combustiones lejanas, y la familia de Lupe, que este mediodía deambula debajo de los gigantes intimidantes de la Comisión Federal de Electricidad, –un largo tendido de antenas de alta tensión que penetra en el asentamiento y luego sigue su camino hacia el sur, como molinos de viento de una La Mancha que aquí nadie conoce-, no se explica, si hay tanta energía en circulación, por qué en las noches nunca hay luz.

Pero tampoco es que le llame mucho la atención el tema climático. En realidad, los vecinos se han apiñado al final de la calle para hablar de la última hazaña de las mafias locales: a la señora Aurora le quitaron su camioneta a las puertas de su casa, a las primeras horas de la mañana, “y ya se habían calmado”, repone malhumorada. Es la moradora privilegiada de una de las cinco mil viviendas que construyó grupo Arcor, en Tlajomulco, y que se llama Los Silos, en alusión a esas viejas estructuras de almacenamiento de granos, que están representadas en número de cuatro en una miniglorieta a la entrada del fraccionamiento, como un guiño a las obras de Sebastián, “lo mismo pero más barato”.

Aparte del arte, también las casas son más baratas: una residencia de Chapalita da para pagar fácilmente 20 unidades, una de Valle Real alcanza para 100. El visitante no se explicaría por qué la carretera que da acceso al surrealista conjunto habitacional está cercada por casas marrones, sin ventanas ni puertas, pintarrajeadas y abandonadas, con letreros de “no se vende” y números telefónicos por si de todos modos se quiere insistir –parece el cuento de la hermana de Pepito que pide a los primos que miran la TV que no volteen porque se está cambiando de ropa…-. Luego le informan que son saldos de un largo e inconcluso pleito judicial. Pero toda la periferia de Los Silos tiene la misma huella de lo que no se terminó. Los cascarones huecos de casas nunca ocupadas –salvo por las repentinas incursiones de delincuentes que dificultan la vida en el alejado páramo donde los vecinos habitan como auténticos pioneros-; carcomidas por el viento y enmohecidas por el agua oportunista, que sin embargo, es escasa.

De hecho, el conjunto del callejón de Lupe, al centro de la colonia, es aun más extraño: los diseños de los departamentos como cajoneras gigantes dan la ilusión de escaleras o de cajones de bolero apilados.

Mientras más arriba se viva, la vista mejora, pero se reduce el espacio: Lupe habita con sus cuatro niños y su esposo, en una sola habitación. La paga el marido, que trabaja en una fábrica de dulces de coco de la zona de El Álamo –”somos suertudos, estamos a media hora de aquí si salimos a la carretera cuando hay poco tráfico”, apunta la mujer-; son 220 pesos a la semana, el plazo son 20 años y llevan nueve. El premio será un cuchitril malogradamente modernista en el rincón del área metropolitana donde el viento no se regresa, sino que se queda: embanca con su carga de contaminantes que ya se acostumbraron a respirar, sobre todo en los fríos inviernos de inversiones térmicas y niebla de un valle que también parece de nombre fallido: el de la Misericordia. ¿Por qué no decir Toluquilla, que al menos no promete?

– No, nada; está igual, no ha cambiado nada. Siempre feo y abandonado.
Yesenia es la mayor de sus hijas, y está en sexto de primaria; al lado está el Brayan, la simpática Rosa Isela y la pequeña Samantha, aún de brazos. Antes habitaban en Tlaquepaque, en la casa de los papás de Lupe. “Nos salimos para tener casa propia”.
– ¿Y cómo están los servicios?
– Si la luz pagamos, pos tenemos luz. Y el agua cae nomás una hora al día, a las nueve de la mañana.
– ¿A esa hora hacen todo lo del quehacer, bañarse…?
– Sí, los que no tienen tinaco; pero yo tengo…

El carretón de la basura pasa cada tercer día, o más bien, “pasa miércoles, y los viernes a veces”; la inseguridad se había calmado, “habían estado viniendo patrillas”, pero esta mañana, “ya se lo había dicho, oiga”, le robaron la camioneta a la vecina. Mejor no tener carro si se lo van a llevar. Lupe no tiene. Es usuaria de los mototaxis, un servicio informal que es el paliativo para las necesidades del inmenso caserío, pues el camión de la ruta de El Salto, que sale de la Central Camionera Vieja, “pasa cada hora y media”.

La escuela primaria se llama Francisco del Toro, y está llena. Yesenia ya va a entrar a la secundaria, que está al lado. Los chamacos tienen seguridad social gracias al empleo del padre, y si se ponen malos, hay que ir a la clínica del IMSS en El Álamo, pues no hay centros de salud sino en La Calera o en Cajititlán. “Sólo tenemos los médicos de las Farmacias Similares, esas que son lo mismo, pero más barato”, repone sin ironía.

Las noches no son sencillas, porque Los Silos están llenos de pandillas. Lupe sale a cuidar a sus chamacos para que no se le desbalaguen y los mete antes de que apriete la oscuridad, porque hay violencia, hay drogas. “…no tenemos luz de lámparas, solo algunas prenden, si acaso”.

No la peor vida posible la de Lupe, por supuesto. En general, esta humanidad de bajos ingresos tiene una gran capacidad de resiliencia, para hablar una palabreja de moda. La joven Bertha, que habita en la calle principal, donde se pone el tianguis los domingos, luce feliz aunque ni siquiera es propietaria: su marido paga 800 pesos de renta –eso en Chapalita no da ni para el cuarto de sirvientes, no se diga Valle Real, donde debe servir para rentar medio metro cuadrado y apenas moverse-. “Yo vivo muy a gusto, pero eso sí, no salgo nunca a la ciudad y en la noche nomás ando cerca”, refiere.

Hay una gran cantidad de fraccionamientos de apertura relativamente reciente en este municipio, cuyo crecimiento exorbitante fue propiciado por la permisividad de las administraciones de Guillermo Sánchez Magaña y de Antonio Tatengo, uno para dar autorizaciones y otro para regularizar (el primero alguna vez se defendió en la prensa de las acusaciones: “afecté intereses empresariales que me pedían cambiar usos de suelo en 15 mil hectáreas”, o sea, la pesadilla pudo ser peor, no se quejen). Es hora, como dice Lupe, que no se puede entregar Los Silos, que se derrumba lentamente pese a sus huéspedes industriosos y esperanzados.

Hoy fue un día de contingencia ambiental: los incendios del ducto de Pemex en San Juan de Ocotán, Zapopan, y la fábrica al sur de Guadalajara, de los días previos, pasaron factura. Además, las parcelas se encienden y apagan todos los días. Y hasta la lejana zafra de San Isidro Mazatepec hacia Tala, con base en el fuego: todo se recorre hacia este sumidero, de acuerdo a los registros de las estaciones de Miravalle, Las Pintas y Santa Fe. Se supone que ese comportamiento natural de la cuenca atmosférica debió contener permisos tan masivos. Y no se diga el agua, disponible en el subsuelo, escasa para casi un millón de moradores de los municipios del valle, llena de minerales, de arsénico, de manganeso, cosas que matan a largo plazo…

A la hora de la comida, los registros de puntos Imeca (índice metropolitano de calidad del aire) habían bajado. A las seis volvieron a subir. La precontingencia estaba instalada otra vez a las 8 de la noche: el humo se acumulaba de nuevo en la atmósfera, y la luna que declina de su plenilunio (76 por ciento visible) luchaba por abrirse espacio entre las nubes de gases, como metáfora de esa esperanza engañosa que se respira en Los Silos.

Esta una ciudad que parece no tener fin: la carretera no reposa en paisajes inalterados y sigue hacia la ciénega con una sucesión monótona de galerones de asbesto y lámina, miles de casas como panales de abejas, gasolinerías, terrenos montosos en espera de algún uso especulativo, inmensos cementerios de autos y un puerto de aviones que vienen de todas partes del mundo. Alguna arquería de viejas haciendas rinden homenaje al mundo perdido, el cerro Viejo duerme al confín del valle, y el progreso luce su extraño y efímero desquite.

La expansión de Tlajomulco

Tlajomulco tiene algunos de los fraccionamientos más conflictivos de la última ola de expansión de Guadalajara: cientos, miles, decenas de miles de casas para pobres, porque sólo eso pueden pagar y porque el Infonavit se lo pidió a las empresas inmobiliarias. Arvento, cerca de Cajititlán, no alcanzaba subsidio, pero se modificaron los polígonos de contención que se inventó la Sedatu (Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano) para que alcanzaran sus compradores; Santa Fe, más hacia el centro del valle, es el gigante. Curiosamente, muchos pobres siguen sin casa propia, pero se cuentan en decenas de miles las que están deshabitadas, o fueron abandonadas.

 

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