Ayotzinapa, de la tristeza al odio

 por Fernanda Carapia/ntrguadalajara.com

(Foto: Especial)

La angustia se convirtió en tristeza y la tristeza en odio.

Odio al sistema de gobierno, odio a las autoridades, odio al derroche de recursos, odio a la indiferencia, odio que le da la fuerza para seguir y no claudicar en su lucha después de 29 meses de no saber nada de su hijo.

Cristina Bautista Salvador trae colgada al cuello una manta con la foto de su hijo Benjamín Asencio Bautista. Recita su discurso con gran habilidad. Todas sus palabras han sido repetidas una y otra vez a lo largo de dos años que ya parecen un sermón bien aprendido.

Exige que le entreguen vivo a su hijo, que las investigaciones no paren, que se castigue a los culpables, que se indague la participación del Ejército y las Policías en el caso Ayotzinapa, donde el segundo de sus tres vástagos desapareció, al igual que otros 42 jóvenes.

“Yo tengo mucho coraje hacia el gobierno mexicano (…) el gobierno es una vergüenza para el pueblo de México porque desaparece, encarcela o mata y dice ‘no pasa nada’, dice que fue la delincuencia organizada, claro, la delincuencia organizada está sentada en la Presidencia, porque son los únicos que tiene armas, saben cómo desaparecer”, exclama con cierto dejo de odio y coraje en su voz, la cual sube de tono.

Su discurso bien aprendido se quiebra cuando se le pide narrar el momento en que se enteró del conflicto con los normalistas. Fija su mirada en los cientos de plantas que hay en el vivero del Centro Cultural Los Ariles, en Tonalá, y se pierde. Pareciera que su mente regresó a ese 29 de septiembre de 2014, cuando su hija menor llegó al campo, donde levantaba la cosecha, a darle una mala noticia.

“A mi hija le preguntaron cómo estaba su hermano y ella les dijo que bien porque no teníamos comunicación, me dijo llorando mi hija, eran las 9:30 de la mañana del día 29, me sentí muy triste, le empecé a marcar a mi hijo y no me contestó y no me contestó, me mandaba al buzón y al buzón”, recuerda.

“A las 10:30 me habla mi hermano y me dijo que había comprado un periódico en Chilpancingo y ahí decían que estaba mi hijo ahí y me fui a la Normal, porque yo no sé, ese día me fui”.

Cristina esperaba encontrar a su hijo, veía ir y venir a jóvenes, pero ninguno era su Benjamín. Esperó y se aferró a la fe.

“Una señora me dijo llorando ‘no hay que preocuparnos, nuestros hijos estarán comiendo elote o guayaba ahí y no se van a morir de hambre’, desde ese día fue nuestro tormento, a manifestarnos, a estar en la calle”, relata dando los diálogos precisos entre ella y esa mujer, que hoy es su compañera de lucha.

No quiere hacer contacto visual; cuando lo hace, de inmediato su voz se quiebra y sus ojos se llenan de lágrimas. No quiere llorar, no es válido en la lucha, por lo que regresa a su punto fijo, a ése que le da la fortaleza para recordar cada momento.

Su mano derecha se aferra al palo que sostiene la manta. Lo hace con fuerza, como descargando el coraje que siente, como si ese pedazo de madera, quizá, fuera el cuello de una autoridad a la que lleva años exigiéndole saber dónde está su hijo.

A lo largo del camino las malas y falsas noticias han hecho que vaya y venga de la tristeza a la angustia, del dolor a la esperanza, de la incertidumbre al odio.

Cristina aún no entiende cómo es que ya no tiene a uno de sus hijos con ella, no le queda claro cómo la autoridad ha dejado de lado el caso plantando pistas falsas, protegiendo funcionarios y gastando en cosas que son banales en lugar de voltear el país para encontrar a los estudiantes y usar la tecnología para esclarecer el caso.

Ya pasaron más de dos años y aunque en su rostro hay huellas del cansancio, de las noches de insomnio y de esos viajes interminables en búsqueda de apoyo y justicia, la tristeza de no tener a su hijo, la fe de encontrarlo con vida y el odio hacia un sistema de gobierno al que califica como corrupto hacen que su lucha siga en pie y participe en la caravana Tejiendo 43 Esperanzas.

Este recorrido que los padres de los 43 estudiantes desaparecidos realizan por todo el país hizo base en Guadalajara. Aquí buscan que las organizaciones civiles afines a su causa se unan y participen en la quinta Convención Nacional Popular, que se llevará a cabo el 25 y 26 de febrero en la Ciudad de México.

Estos dos años, afirman los activistas, son cruciales en la investigación, pues se avecinan tiempos electorales y con el cambio de gobierno el tema podría quedar en el olvido.

Pero para Cristina, los números 26, nueve y 2014 serán sinónimo de tristeza, de angustia, de enojo, de rabia, de odio aunque también de fe y lucha, pues para ella su hijo sigue vivo y no perderá la esperanza hasta encontrarlo.

“Sí, tengo fe y esperanza de que nuestros muchachos tienen que realizar su vida y sus sueños de ser alguien en la vida, su único delito fue ser estudiante de la Normal y ser pobre; siento que mi hijo está vivo y el gobierno sabe dónde está, pero no me lo quiere entregar”, afirma luego de un suspiro y un breve silencio.

 

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