LOS MUROS NUESTROS DE CADA DÍA

Vanesa Robles.- “Se solicitan ciudadanos amenazados por gente indeseable. Prometemos recluirlos en casas con jardines y accesos de triple restricción: murallas, policías privados…”. La frase, tal como está escrita, forma parte de un reportaje publicado en la revista Magis, del ITESO, en octubre de 2008, que una amiga puso en mi muro de Facebook.

No se trata de un producto visionario sobre la llegada de Donald Trump al poder, sino uno que habla sobre los usos y costumbres de algunos tapatíos de los estratos medio alto y alto. Para algunos que viven muros adentro, el encierro es su opción y la rúbrica de la diferencia —superior— que creen tener con los otros; su medio y símbolo es un muro, que piensan impenetrable.

Por supuesto, existen diferencias importantes entre los muros que bordean los fraccionamientos privados de Guadalajara y el que pretende el presidente de Estados Unidos. Una de ellas es que aquí los que lo hacen lo pagan. Otra, que a quienes viven adentro ni se les ocurre que los que vamos de afuera queremos quitarles su trabajo: sinceramente, no porque no queramos, sino porque no podemos.

Pero, en síntesis, los propósitos de todos los muros de delimitación social son más lo menos los mismos. Los vecinos de Puerta de Hierro, Valle Real, Nueva Galicia, El Palomar, Casa Fuerte y el Country quieren lo mismo que el presidente de los Estados Unidos: protegerse de sus vecinos; evitar a los de afuera; vivir con una ilusión de seguridad que creen que lograrán con el encierro; tener para ellos espacios que los otros no podamos usar —eso incluye algunas calles públicas—; tener un espacio del cual nos puedan correr cuando les dé la gana.

Como hacen hoy los estadounidenses que coinciden con Donald Trump, en los fraccionamientos privados de Guadalajara nos exigen como visa una credencial de elector o, incluso, el estampado de una huella digital. Y ni pensar que algún un vendedor ambulante de papas fritas podrá pasar el cerco para ofrecer sus productos, aunque éste tenga menos sal y conservadores que las papas comerciales.

Pero cuidado, los muros son una ilusión.

Los hombres y mujeres de Jericó y Hüyük, en el Cercano Oriente, se debieron dar cuenta muy pronto de que dentro de los muros, codo a codo con ellos, habitaban también los otros, algunas veces indeseables y otras sencillamente distintos. Que estando dentro y por efecto de los paredones, ellos se perdían de ver el paisaje de afuera.

Quizá lo mismo ocurrió con los habitantes de Berlín, prisioneros en un cerco que hoy es el símbolo de vergüenza.

No por nada el alcalde de la capital de Alemania, Michael Müller, escribió, hace unos días, una reflexión dirigida a Trump: “Berlín, la ciudad de la división de Europa, la ciudad de la libertad de Europa, no puede observar en silencio cuando un país planea construir un nuevo muro. Nosotros los berlineses sabemos cuánto sufrimiento es causado cuando un continente entero es dividido por alambre de púas y cemento”.

Pero no tenemos que ir tan lejos, a la frontera norte. Basta mirar la Zona Metropolitana de Guadalajara para toparse con muros que intentan evitar que los otros ocupen un espacio en el nuestro. Se llaman cotos.

 

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