Cenan indigentes por $3

Publicado: febrero 17, 2014 de GDL en Equidad y Justicia, Información Jalisco, Pobreza y desigualdad, Represión y Derechos Humanos
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3031033Andrés Martínez, Mural.- El “Pollo” ya trae hambre. Son cerca de las 19:00 horas y no ha comido. Le rugen las tripas. Sentado en la banqueta de Federalismo, junto a otros hombres aguarda su turno. Por sólo 3 pesos, en el Albergue San Juan Grande les aseguran una cena.

“Está re buena hoy, es una plantón grande de sopa como de caracolitos, de letritas, de fideos, de esas como las que nos hacía nuestra mamá en aquellos tiempos”, expresa un hombre que recién terminó de comer y ahora se soba la barriga gustoso.

Indigentes, vagos, limosneros, personas que están de paso por la Ciudad, migrantes centroamericanos, limpiaparabrisas, obreros, albañiles.

Son varios los que a diario acuden por un apoyo institucional para seguir sobreviviendo en la jungla de concreto.

“Va la siguiente ronda”, grita uno de desde la puerta.
Los indigentes se levantan de un brinco y entran en fila a un pequeño comedor donde hay tres mesas con lugar para ocho personas cada una. El alimento ya está servido.

Al plato de sopa de pasta lo complementa un platón de tostadas de maíz, una porción de ensalada de fruta y un vaso con agua fresca.

El “Pollo” escoge un lugar y se queda de pie junto a la silla, aguardando las indicaciones del personal del albergue. Todos se descubren la cabeza.

De forma voluntaria, un indigente que ronda los 50 años y que luce varias canas en su cabellera dirige una oración antes de comer.

“Dales pan a los que tienen hambre y hambre de ti a los que tienen pan”, reza mientras cierra los ojos y abre las palmas de las manos en señal de reverencia.

Sin chistar, los demás lo acompañan en la oración al unísono. Acto seguido, comienza la comilona. Nadie habla, no hay conversaciones. Todas la bocas están ocupadas masticando.

Como si fuera una competencia, el “Pollo” que aparenta unos 25 años termina con su ración en menos de cuatro minutos. Se levanta, deja su plato, da las gracias y se retira.

Ahora hará fila para tomar un baño, el de cada semana. Por otros tres pesos tiene derecho a darse una ducha en el albergue.

Tiene privilegios que no hay en la calle. Agua tibia, jabón y champú.

“Esos hondureños nada más están platicando, ya se tardaron mucho en el baño”, grita un hombre de aspecto indigente que también aguarda para entrar.

Los que entran despiden un olor a suciedad y sudor acumulado de días. Los que salen dejan un aroma a limpio.

En el ingreso al albergue dos mujeres controlan la entrada e interrogan a cada indigente que pide apoyo. Ni borrachos ni drogados pueden ingresar.

El área de dormitorios que se habilita sólo durante las noches, explica una de las responsables, es exclusivamente para indigentes que no sean originarios de la Ciudad.

Luego de cenar o darse un baño, ya con la Ciudad en penumbras, los indigentes que se reúnen en la esquina de Federalismo y Manuel Acuña se dispersan poco a poco.

Unos en grupo, otros en solitario, se van a buscar algún rincón tranquilo de Guadalajara donde puedan pasar la noche. Quizás una calle peatonal del Centro, quizás en la banca de un parque, tal vez debajo de algún puente o junto a un mercado.

Leer más:http://www.mural.com/comunidad/articulo/693/1385577/#ixzz2tamYEGSO
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