Los caminos de Wirikuta

Publicado: febrero 12, 2012 de cronicadesociales en Información Jalisco
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Desde Real de Catorce, el ascenso a Cerro Quemado, el altar mayor de Wirikuta, una región con historia minera centenaria pero con peregirnaciones huicholas milenarias. Fotos: Agustín del Castillo

Ruta Huichola • Agustín del Castillo/Público

La peregrinación anual de los huicholes enfrenta cotidianamente un mundo convulsivo y con grandes riesgos ambientales, hasta el cerro El Quemado, acosado por proyectos mineros.

Estas son tierras ásperas, de ganadería extensiva, migrantes y clima extremo, envueltas por las relaciones paradójicas de la economía de subsistencia, la pobreza, la rústica y augusta fe de las canteras; de los siniestros estrépitos de las Kalashnikov, las persecuciones, los retenes y los “levantones”, que perturban la paz campirana al igual que la música de banda, con sus relatos monocordes de hazañas de rebeldes sin más causas que el amor ilimitado a la violencia, a las mujeres y el poder, en vidas “breves pero gloriosas” que conforman el irónico homenaje de la posmodernidad a los héroes homéricos.

Tierras de auroras y ocasos luminosos, una luna llena prodigiosa, agua escasa, inmensas llanuras y bosques de yuca, carreteras con pavimentos fracturados, casas de adobe color ocre, vientos gélidos y relámpagos que resquebrajan la majestad celeste. Lejanas campanadas de iglesias, aullidos del coyote, cactus coloridos y desafiantes de los extremos, murciélagos laboriosos, serpientes sigilosas, búhos que acechan, hombres de rostros endurecidos al influjo constante de la eternidad del desierto.

Estas tierras hostiles forman la travesía de los peregrinos wixaritari en un invierno que se ha vuelto crudo. Hacia Wirikuta, “de donde toda la vida ha nacido”.

El trashumante huichol no sólo deberá recorrer de 250 a 450 kilómetros, según el punto de partida y la ruta a seguir, pues no bastan la voluntad y el despliegue físico. Deberá limpiar sus pecados públicamente, hacer rituales, presentar ofrendas a las numerosas deidades del descampado, ayunar, recoger el hícuri o jícuri (peyote) y atravesar cinco puertas “místicas pero reales”, desde la aldea de origen, en algún punto de la Sierra Madre Occidental, en Jalisco, Nayarit o Durango, hasta el pie de la montaña sagrada, el cerro Quemado o Ra’unax+, altar mayor de Wiricuta, dominante sobre el inclemente altiplano potosino.

Las ofrendas en el manantial de Yoliath, en el altiplano potosino.

Las ofrendas en el manantial de Yoliath, en el altiplano potosino.

Allí se renovarán las “velas de la vida”, la base del precario equilibrio que sostiene al mundo.

Es una peregrinación anual que parte de los más diversos pueblos durante algún momento de los seis meses que forman el día del año wixárika, que son la época de secas –pues es preciso hallar en Wirikuta a los “dioses de la luz”-, y es minuciosamente preparada por marakames, jicareros, cantadores y demás autoridades religiosas y agrarias. En esta ocasión, se han alineado decenas de aldeas, pues hay, además del diálogo místico con las deidades, una intención claramente política: enfrentar los intereses de las mineras que anhelan la plata enterrada en el subsuelo de la Sierra de Catorce y de las planicies donde crecen el peyote y decenas de cactáceas y agaváceas en peligro de extinción.

Es una lucha contra la economía de la acumulación representada por los consorcios canadienses, contra la renovada sed mundial del metal argentífero, contra el impulso al desarrollo y los empleos que divide hoy a los ejidatarios mestizos propietarios de las sedientas tierras de Wirikuta, contra el individualismo y la desmesura de hombres pequeños.

Salvador Sánchez González, de El Cerrito, es un nonagenario cantador: “Nosotros estamos pidiendo que no se hiciera [el proyecto de la mina], pero como el dinero es muy bonito a lo mejor sí se va hacer, pero nosotros no sabemos, a lo mejor los compañeros de estas rancherías ya están de acuerdo, no sabemos, pero qué podemos hacer… nada”.

También le preocupa una amenaza interna de las comunidades, la disolución de costumbres: “antes durábamos hasta tres meses en ir y venir, no había carreteras, no había camiones, no había comodidades, era duro […] hoy vengo en un carro, y no está bien, pero además, los jóvenes no vienen, está la escuela, está el trabajo, las fiestas deben durar menos, puede que todo se nos acabe…”.

La inmensidad del desierto, reserva mística de un pueblo antiguo.

La inmensidad del desierto, reserva mística de un pueblo antiguo.

Es así, una batalla contra el tiempo, contra las tentaciones de lo mundano y los triunfantes afanes del siglo (de allí, “secularismo”), de que alertaban los franciscanos que hace menos de medio milenio hollaron estos desiertos en busca del hombre nuevo, de la “pureza adánica” de una humanidad que había sido olvidada.

Entre hombres y dioses

Tres camiones han partido a las 7.00 am de la localidad de Bajío de El Tule, en el municipio de Mezquitic, Jalisco, el 4 de febrero. Contienen peregrinos de la inmensa Waut+a (San Sebastián Teponahuaxtlán), la más dilatada de las comunidades huicholas, sobre casi 250 mil hectáreas, incluido el anexo Tuxpan de Bolaños, con un dinamismo económico mayor al de otros enclaves wixaritari.

Tras librar el cañón Bolaños con su pasado de plata también enterrado, la primera parada es al remontar las montañas, después de Villa Guerrero, muy cerca de Temastián, el del Señor de los Rayos, famoso centro de peregrinación de los católicos devotos, y de Totatiche, tierra del sacerdote mártir de la persecución de los años veinte del siglo XX, San Cristóbal Magallanes. Tras hacer breves oraciones y dejar ofrendas, los autobuses arriban a Colotlán y se preparan para internarse en el desierto zacatecano, plagado de zetas que ya han causado perjuicios a peregrinos en el pasado inmediato.

“Fuimos en diciembre y nos asaltaron, nos dejaron sin nada”, refiere el presidente de bienes comunales de San Sebastián, Octaviano Díaz Chema.

Los camiones y sus acompañantes toman la ruta hacia la capital zacatecana. En la periferia, se detendrán para abrir la segunda puerta. Un espectáculo extraño, al pie de una carretera de cuatro carriles y bajo la mirada extrañada de los moradores de los asentamientos irregulares que se desparraman sobre las laderas montañosas. “Tuvimos que movernos, nos construyeron un puente donde nos deteníamos a hacer la ceremonia, pese a que les pedimos que consideraran que era un sitio sagrado”, señala Octaviano. Tras librar la espléndida capital de cantera rosa, la caravana llegará a Salinas de Hidalgo, la entrada al altiplano potosino. Los líderes de la peregrinación descienden en busca de velas para sus rituales, y pese a ser un paisaje cotidiano, los vecinos no pueden reprimir miradas curiosas sobre los hombres de piel cobriza que hablan una lengua incomprensible, que visten de blanco con vistosos tejidos multicolores y hermosos sombreros de plumas de guajolote silvestre. Será en la librería del padre Pío donde encontrarán los implementos de las características deseadas. Luego, la salida al inmenso erial.

El cielo se pone sombrío cuando se arriba a Yoliath, donde hay un manantial sagrado bajo una arboleda que dará refugio en la noche. Salen las caracolas con un sonido que emula al coyote, y se realiza la ceremonia de apertura de la tercera puerta, que culminará al amanecer con velas y oblaciones en las aguas sagradas.

La mañana del 5 de febrero transcurre entre los extensos y solitarios parajes del desierto. Algunos alcanzan el paraje donde se abre el cuarto portal, otros se retrasan y van directo a Las Margaritas, ya al pie de la Sierra de Catorce, donde al atardecer se dará uno de los momentos más importantes de la peregrinación: la caza del venado, esto es, la recolección del peyote (la cactácea de sabor amargo tiene una apariencia de pezuña del venado cola blanca).

Allí comienzan a asomar letreros donde se señala que la minería no está reñida con el turismo y la cultura wixárica. Y aunque muchos simpatizantes de los huicholes lo atribuyen a una campaña de Real Bonanza, subsidiaria de la canadiense First Majestic Silver Corp., o del proyecto Universo, también con financiamiento canadiense, el tema provoca debates en este ejido mestizo, o en el vecino Santa Cruz de Carretas, donde comienza el ascenso a la montaña: unos se preocupan por el perjuicio potencial para la calidad del agua para uso doméstico o de la modesta agricultura; otros señalan que es justo acceder a empleos formales cuando los tiempos secos han matado cientos de vacas y chivos.

José Ángel Olvera opina que la minería dañará el agua que beben sus chivos. César Solís contradice: “aquí sino sale uno a Monterrey a buscarle, pues no hay nada”, se queja. “La gente está de acuerdo en que haya chamba, los jornales se pagan muy mal, y nomás son temporales, hay hambre”, secunda Pablo Olvera.

El peyote será consumido por la noche entre las hogueras encendidas por las comunidades. Hay risas y bromas, se nombran autoridades falsas y se mantiene el misterio, en esa lengua wixárica que mantiene perplejos a los espectadores.

La quinta puerta se abrirá al pie de El Quemado, la mañana del 6 de febrero. Entonces, el ascenso a la ceremonia de la culminación, en el viaje a las fuentes de la luz y la vida.

El altar de los sacrificios

La noche de Ra’unax+ es iluminada fantásticamente por decenas de hogueras; además de 800 wixaritari, hay decenas de invitados especiales y medios de comunicación que han venido de Real de Catorce o del desierto, desde Las Margaritas o Bernalejo.

Las autoridades están reunidas en la parte alta de la montaña, donde sopla el frío a casi tres mil metros de altura. Los invitados suben alrededor de las 10 pm. El escenario del ritual son hileras de piedras blancas, concéntricas. En el centro, los marakames y Humberto Fernández, hotelero de Real de Catorce e íntimo de los huicholes; alrededor, otros notables de los pueblos de la Sierra Madre Occidental. En pocos minutos comienza la música, ante la casi indiferente “mirada de occidente” (Joseph Conrad dixit).

Muchos testigos se tienden sobre el suelo pedregoso y ayudan a encender fuegos para afrontar los omnímodos poderes del viento, entre pláticas banales.

El violinista arranca. Dos cantadores, sentados en sillas y con sombreros vistosos, entonan sus melodías mientras otro wixárica alterna con una especie de recitativo; luego, grupos de comuneros esparcidos por el anfiteatro responden como el coro de una tragedia griega. La sinfonía, que evoca la creación, parece infinita y dominará sobre las horas, mientras bancos de nubes emergen como un evanescente mar desde los valles vecinos. Sueños, transes, fuego, vapores, peyote, frenesí, y una luna llena que ilumina los seres con su baño plateado.

Toda la tiniebla será regida por esa irresistible música in crescendo, que conquistará las almas profanas. A las 3.00 am, todo mundo baila frenético, como poseído de los númenes. Después de las 4 am, una vaca será sacrificada a las deidades de la montaña. El pasaje místico se calla solo después del amanecer.

Los marakames suben a la parte más elevada del cerro, donde nació el sol, y regresan con un mensaje de tristeza de los dioses por las amenazas que penden sobre su mundo milenario.

Abajo, en el altiplano, algunas vidas individualistas, excesivas y violentas, emulan sin querer los cantos homéricos, mientras otros hombres melancólicos se hunden en la soledad. A cinco siglos, el hombre nuevo no termina de nacer.


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