JORGE GÓMEZ NAREDO/ La Jornada Jalisco/ 14 Nov 2010
Los de Temacapulín han andado de aquí para allá: se han manifestado, han tocado puertas institucionales por todos lados y se han puesto respondones: han enarbolado la dignidad. No quieren que se les muera su pueblo, su terruño, el lugar donde nacieron, donde crecieron y donde quieren morir. Han intentado todo, o casi todo. Han buscado las vías legales para detener la construcción de la presa El Zapotillo, pero, para las autoridades estatales de Jalisco y Guanajuato y también para la federal, nada vale.
A muchos quizá el asunto de Temacapulín les parezca absurdo: ¿cómo es posible que los habitantes de un poblado de no más de mil habitantes busquen detener el “progreso” de la región y pretendan impedir la edificación de una presa que dote de agua a León (una ciudad que se ha desarrollado vertiginosamente en los años recientes)? Para no pocos, la solución es ponerles unos macanazos a los de Temaca: doscientos o trescientos golpeados no es un costo político alto. Sin embargo, en lo de Temacapulín se juega algo más de fondo, algo más profundo: el derecho a disentir y a vivir donde siempre se ha vivido, además del respeto al ciudadano, al pueblo trabajador.
Los de Temacapulín no están de acuerdo con que el pueblo donde viven sea inundado. No se les puede echar así nomás, no se les puede expulsar del lugar donde siempre han vivido. Las autoridades precisan entender que, si un conjunto de ciudadanos no están de acuerdo con un proyecto estatal, esos ciudadanos tienen el derecho a decir no, a defenderse e impedir que dicho proyecto se concrete. No se puede ir en contra de la población. Hay veces que se tiene que ceder, y hoy, los gobiernos estatales de Jalisco y Guanajuato y el federal, deben ceder. Dar marcha atrás sería una decisión inteligente. Hacer lo contrario es dejar establecido que aquí, en México, la gente del pueblo vale poco, que no se le respeta y que no importa lo que diga, haga o piense. Y aunque así pase en todo el país, ceder a las pretensiones de los de Temaca sería un acto que daría una señal mínima, a nivel local, de que arriba, en las autoridades, hay sensibilidad, que todavía no se les atrofia completamente la capacidad de oír y mirar lo que sucede a su alrededor.
II
Estudiantes, administrativos y académicos de la Universidad de Guadalajara obstruyeron el jueves pasado, durante alrededor de cinco minutos, decenas de vialidades. Se pude criticar la iniciativa y la forma de protestar, incluso se puede estar o no de acuerdo con las pretensiones de la Universidad, con el manejo que se le ha dado a la llamada por los universitarios “lucha por la educación”. Se puede criticar a quienes regentean la máxima casa de estudios de Jalisco. Se puede decir que Raúl Padilla debe ya, por fin, dejar el poder en la universidad. Se puede estar en contra de muchas cosas, pero no se puede, o no se debería poder, criticar desde las autoridades estatales actos de expresión legítimos.
La titular de la Secretaría del Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable (Semades), Martha Ruth del Toro Gaytán, al concluir las protestas de los universitario adujo al respecto: “Yo creo que hay formas muy creativas (para manifestarse). Para mí, por ejemplo, trabajar sería la mejor manera de reaccionar ante cualquier cuestión adversa, no hacer algo que implique lo contrario a una actividad productiva. Yo siempre digo que quien trabaja no hace grilla, no hay tiempo, yo creo que trabajar es la mejor manera de avanzar”. Estas palabras muestran, sin duda, la insensibilidad de la titular de la Semades: quien esté inconforme, que se calle y se ponga a trabajar, quien esté en contra de alguna medida injusta del gobierno, que se ponga a trabajar, quien esté harto de políticos fantoches e ineptos, que se ponga a trabajar, quien vea que el país se está viniendo abajo y quiera hacer algo por él, que se ponga a trabajar, quien recolecte puro desdén por parte de los gobernantes, que se ponga a trabajar. Sí, que se callen y se pongan a trabajar, así se avanza, sólo así. Sin duda, Martha Ruth del Toro, en sus declaraciones, mostró la insensibilidad de muchos funcionarios públicos: a ellos no se les tiene que reclamar ni se les debe criticar.
El país está en parte sumido en la desesperanza porque muchos no protestan. Si todos alzaran la voz en contra de funcionarios ineptos y corruptos (muchos de los cuales laboran en el gobierno estatal o en la misma Semades), otra cosa sería esta nación. Si existiera esa voz constantemente alzada, una declaración tan lamentable como la realizada por del Toro Gaytán, significará la destitución inmediata de la funcionaria. Pero no se hace así, y muchos se callan y se ponen a trabajar (aunque haya millones no tengan empleo). La insensibilidad es algo que permea a buena parte de la élite política estatal y nacional. Ojalá un día miren para abajo, ojalá un día entiendan que, más allá de la agradable burbuja donde habitan, hay un país sumido en la pobreza y la desesperación, un país que clama justicia y que busca un poquito de igualdad.
jorge_naredo@yahoo.com