MAURICIO FERRER/La Jornada Jalisco/22-03-10
Hay rostros, personas, historias, actitudes, que conmueven. Que tocan tan hondo que uno siente que las lágrimas pueden salirse en cualquier momento. Que a pesar del ritmo ajetreado de la vida, los problemas económicos, las relaciones interpersonales, el ir y venir del diario trabajar, hacen que uno haga un alto para darse cuenta que a pesar de todo, no ha perdido uno el sentido de humanidad, con todo y lo que implique ser un humano en toda su integridad, con lo erróneo o lo correcto de las acciones que uno decide, con virtudes y defectos que nos adornan la vida.
Es el caso de Temaca. Más allá de la presencia del fin de semana de Andrés Manuel López Obrador en el sitio donde la Conagua y el gobierno estatal pretenden erigir el caprichoso proyecto de la presa El Zapotillo; más que la lucha que los habitantes del sitio lleven a cabo para que no los separen de sus muertos y su historia; más allá de la belleza del lugar, lo que más me conmovió fue la banda de viento de Temacapulín.
Jóvenes ellos, ellas, de edades que van desde la niñez hasta la adolescencia casi llegando a la adultez, movieron no sé qué cosas desde adentro de mis tripas que las ganas de llorar no faltaron. Con sus rasgos indígenas algunos, con sus características mestizas otros, con la multiculturalidad de un pueblo milenario, sus rostros, sonrisas, risas, defectos físicos y demás belleza, uno no puede dejar de preguntarse qué carajos pasará a todos esos jóvenes si El Zapotillo logra sumergir en el recuerdo a Temacapulín.












