¿Incompetencia profesional o negocio de la salud?

Publicado: mayo 3, 2009 de cronicadesociales en Represión y Derechos Humanos, Resistencias globales, Salud, Trabajadores
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mex-qrr-01El método siempre fue el mismo: cada “especialista” me atiborraba de jeringazos y pastas para desinflamar y atenuar antes de pedirme algún estudio carísimo de laboratorio, luego me enviaba a una terapia de ejercicios y tratamientos en alguna clínica de rehabilitación física.

Rogelio Garza/ Público// 03 Mayo 09

¿Sufre usted dolor de espalda? De ser así este caso puede interesarle. Durante diez años padecí una lumbalgia que me inmovilizaba y terminó por cambiarme la vida. Por suerte eso terminó cuando visité a un médico profesional, competente y honesto, quien me hizo saber algo más doloroso aún: había pasado una década de malestar y gastos médicos innecesarios.

Una mañana de domingo, en junio de 2008, estaba en la Clínica San José en Ciudad Satélite. Me llevaron de urgencia para recibir una inyección. El ortopedista que la puso me pidió una resonancia magnética de la zona lumbar y colocó frente a mí una receta que me quitó el dolor tan sólo de leerla:

1. CELEBREX 200 MG. 1 COMP VO CADA 24 HRS. AL MEDIODÍA CON ALIMENTOS POR 15 DÍAS.

2. ONEMER O SUPRADOL O DOLAC SUBLINGUAL 30 MG. 1 COMP POR LA MAÑANA Y 1 POR LA NOCHE.

3. VOLTARÉN AMP: 1 AMP CADA 12 HRS.

4. FAJA LUMBOSACRA A LA MEDIDA.

5. LYRICA 75 MG: 1 COMP A LAS 17 HRS.

6. KUPPAM 40 MH: 1 COMP VO CADA 12 HRS (GASTRITIS).

7. EJERCICIO INDICADO 5 VECES AL DÍA POR UN MINUTO EN CADA OCASIÓN.

Firma: Dr. Héctor Reyna Salmerón, Coordinador médico de Traumatología y Ortopedia. Consejo Mexicano de Ortopedia y Traumatología.

De acuerdo a la resonancia que me hicieron en el Centro de Imagenología, se supone que tengo una hernia en el quinto disco cargada hacia el lado izquierdo. El Dr. Reyna sugirió operar, además recomendó que cambiara la bicicleta por la natación y me prescribió una terapia física con una colega suya (a quien nunca visité). Me fui pensando en sus palabras, con tantas pastillas e inyecciones pronto estaría “recuperado”, pero el alivio era temporal.

Investigué sobre las operaciones y las sustancias que me recetaban. Pensaba en todo lo que había hecho para quitarme el dolor, cualquier cosa menos dejar la bicicleta. Recordé el largo recorrido que me llevó con dos quiroprácticos, según esto “milagrosos”, y tres ortopedistas cotizadísimos; tratamientos, terapias, estudios, radiografías, medicamentos de todo tipo. Por supuesto, lo que más me dolía eran los gastos (¡saludos Seguros PNG!), nada funcionaba y los dolores eran cada vez más frecuentes, tan agudos que iba por el piquete mágico porque no lograba estar parado, sentado, acostado o en cuatro patas.

El método siempre fue el mismo: cada “especialista” me atiborraba de jeringazos y pastas para desinflamar y atenuar antes de pedirme algún estudio carísimo de laboratorio, luego me enviaba a una terapia de ejercicios y tratamientos en alguna clínica de rehabilitación física. Al paso de unos meses el dolor volvía. Desde entonces fui adquiriendo una serie de hábitos, recomendaciones y prohibiciones para cada actividad: acostarse y levantarse de la cama, sentarse y ponerse de pie, caminar, no cargar objetos pesados, dormir boca arriba en superficies duras, usar sillas con respaldo, subirse al carro de ladito, etc… Una rutina que cambia la vida de las personas.

Más o menos así fue la vida durante diez años. Y con el paso del tiempo el dolor distorsiona la visión y la percepción, como si se viviera en blanco y negro, una manera elegante de decir que entristece y amarga los días. Si es muy agudo causa un ruido interno de interferencia parecido al de un canal de televisión sin señal.

En enero de 2009 sufrí otro ataque por cargar cientos de paquetes del libro Las bicicletas y sus dueños. Nuevamente caí con el Dr. Reyna, por la inyección y otra receta semejante a la anterior. En esa ocasión me advirtió que volvería más pronto de lo que imaginaba, a menos que renunciara a la bicicleta y me sometiera a la cirugía por la cual me cobraría entre 80 y 100 mil pesos.

Aturdido por el malestar, los medicamentos y las advertencias, fui a tomarme unas cervezas Cosaco al bar Za Za. No acostumbro beber, sin embargo, quise tomar el asunto como un capítulo de Los Simpson para amargarme con dos pintas que me sentaron muy bien. Sin duda, la salud está en los bares. Ahí platiqué con Gustavo, el amigo que hace la Cosaco, y le conté la situación. Resultó que él tuvo algo semejante por cargar los barriles de cerveza, hasta que dio con un médico del deporte que lo salvó de la operación. Me pareció una buena idea tener el último diagnóstico. Además, yo buscaba un médico que tuviera la especialización, la sensibilidad y la mentalidad deportivas. El Gus me dio los datos: Doctor Juan Manuel García, 5286 4033…

El doctor García me recibió y le mostré el historial. Sólo indicó que me quitara los tenis y el pantalón. Mientras me deshacía de la ropa observó la suela de los tenis: “Tienes un problema en los pies, pisas mal”. Me hizo varias pruebas de movilidad y sensibilidad antes de concluir que el problema no estaba en la espalda ni necesitaba operación. Los “médicos” se habían concentrado en “tratarme” la zona lumbar y a nadie se le había ocurrido revisar los pies o las rodillas. El impacto que recibe el pie al encontrarse con el piso es equivalente al de mi peso multiplicado varias veces, al pisar mal los músculos se inflamaban, la tensión acumulada se iba directo a la espalda baja. La operación no resolvería el problema, hay personas que después de cuatro o cinco operaciones siguen mal y con razón los ortopedistas no pueden garantizar la recuperación. Tampoco volvería a tomar pastillas ni a inyectarme. La solución era muy sencilla y costaría menos de 30 pesos: aplicar masajes de hielo en los pies y una faja caliente en la zona lumbar durante siete noches. Luego de eso podría recuperar mi vida normal y sobre todo pedalear como si nada. Así es, sonaba tan fantástico que yo tampoco lo creí.

Aún incrédulo seguí las instrucciones del médico brujo, después de todo no tenía nada que perder y quise pensar que me quedaba una posibilidad de sanar. Siete días después, como por arte de magia, el dolor desapareció. Me puse a prueba cargando las maletas de mi novia en el aeropuerto y yendo a la montaña en la bicicleta. Y la espalda como si nada. El doc, que en realidad es cirujano y un hombre sabio, me mandó unas plantillas y tuve que cambiar mis Vans de siempre por tenis con suela de aire. Ahora estoy estrenando espalda, libre del dolor.


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